martes, 12 de agosto de 2008

La recurrencia de lo inconmovible, por Omar Gasca



Esta colección de obras de Manuel Velázquez constituye una muestra parcial de su trabajo y al mismo tiempo una contribución doble. Por una parte funda el acervo que se muestra permanentemente en este espacio y, por otra, aporta una visión que se asocia con las raíces maternas y por extensión propias, de tal modo que representa una suerte de regreso, una especie de devolución en virtud del patrimonio conceptual que, asumido en familia, en sus primeros años proporcionó a este pintor algunas nociones, referencias y anécdotas que no definieron su estilo ni sus temas pero los matizaron. Una muestra parcial de su trabajo, porque su producción es vasta y su temática diversa.
Se trata de obras que reflejan una de las más recurrentes inquietudes de este artista y la parte medular de su producción a lo largo de sus primeros veinte años de trayectoria: el tema religioso o, más bien, los temas que involucran a Jesús, a otros protagonistas del Nuevo Testamento y a la forma de preguntar y responderse que mediante el empleo de la forma y el color practica Velázquez, autor de pocas palabras y muchas intuiciones y reflexiones que se expresan simbólicamente, con sugerencias, con evocaciones, invocaciones y una que otra provocación, pero no del tipo que de modo falso y gratuito persigue la irreverencia, el escándalo –"un tropiezo en el camino"–, sino pro-vocación, un ejercicio que se orienta, que se mueve en busca de sentido, en búsqueda de respuestas, todo ello formulado a partir de los recursos y lenguajes propios de un pintor.
Jesús es, en muchos de estos cuadros, la llave o la clave para preguntar por el hombre, por su naturaleza, por su sentido, por su origen y destino. A la vez, son estas imágenes el espejo de la huella, de la marca que dejaron en Velázquez su paso por las iglesias, el tránsito de su mirada por las pinturas religiosas impregnadas de motivaciones narrativas y pedagógicas, las historias una y otra vez contadas y escuchadas para fascinar al niño con misterios y revelaciones, con más misterios que revelaciones, unos que se mantuvieron intactos, inconmovibles, y otros que se modificaron con los años, sin perder su esencia, gracias a lecturas teológicas y filosóficas pero sobre todo a la meditación tan involuntaria como ineludible que representa ese quehacer solitario, alquímico también, que es el acto de pintar.
Hay en estas obras algo del arte popular, de los ex votos y de un juego –quizá inconsciente– que consiste en separarse de la academia para dejar fluir un espíritu infantil, intencionalmente espontáneo y primitivo, lo que proporciona a las imágenes un toque de profunda sencillez y les concede un carácter de proximidad para quien no se niega el derecho ni la obligación de responderse de un modo profundo pero sencillo, serio pero no solemne, acerca de las preguntas de siempre.
Omar Gasca.

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